Lo que posteriormente se denominaría, desde los púlpitos franquistas, como «epopeya del Baleares», o «heroico y glorioso fin del crucero Baleares», desde un punto de vista aséptico y, por lo tanto, recabando los hechos desde fuentes diversas, pero coincidentes en los datos, nos llevan a los siguientes perfiles, que constituyen el objeto de la adaptación cinematográfica, que en 1941, y bajo la dirección de Enrique del Campo, se rubricó con el título de El crucero Baleares.
Dentro de la convulsionada guerra civil española y la estrategia republicana de reconquistar la superioridad naval para mejorar sus defensas, ha de ubicarse la acción militar que acabó con el crucero, considerado como uno de los buques insignia de la marina de la zona nacional. Así, en la madrugada del día 6 de marzo de 1938, la escuadra republicana, bajo el mando del almirante González Ubieta, logra en aguas de Cartagena un impacto directo bajo la línea de flotación del crucero Baleares, que escoltaba un convoy con destino a Palma de Mallorca1. Rematado por la flota enemiga, el buque de guerra nacionalista fue hundido irremisiblemente, arrastrando tras de sí cerca de 800 víctimas -incluido el almirante Vierna, comandante de la flota- y sobreviviendo 435 tripulantes gracias a la acción de tres destructores británicos. La población costera, al decir de las crónicas, recibió con júbilo el resultado de la batalla, dedicando incluso una canción a la hazaña.
El crucero hundido -que, anecdóticamente, Don Juan de Borbón pidió servir en él durante la conflagración fratricida-, de diez mil toneladas, fue requisado por las tropas alzadas al encontrarse en los astilleros de El Ferrol en 1936 junto al Canarias -de las mismas características. Tras entrar en servicio en febrero de 1937, realizó diversas acciones contra las costas republicanas, especialmente en el sur.
La pérdida de la embarcación provocó una enorme consternación en el bando nacional.
En
el decurso de la guerra incivil 36-39, la Armada Nacional adaptó como
cruceros auxiliares a numerosas unidades de la Marina Mercante, entre
ellos a los correíllos gemelos de la Compañía Transmediterránea
"Vicente Puchol" y "Antonio Lázaro" de 2.900 Tn. de desplazamiento,
dándose en éstos la circunstancia que lo fueron además como minadores,
pues se carecía de esta clase de buques y mientras no se finalizaba en
el Ferrol la construcción iniciada antes de la guerra, de los grandes
minadores "Júpiter", "Marte", "Vulcano" y "Neptuno". Las obras de
modificación del "V. Puchol" y A. Lázaro" se iniciaron en el mes de
noviembre de 1936 en los astilleros gaditanos de Echevarrieta y
Larrinaga (actualmente Astilleros Españoles), donde fueron dotados de
un sistema especial para el lanzamiento de las minas por popa, bastante
estrafalario y reñido con las estilizadas siluetas de ambos buques.
Fueron,
además, artillados en principio, cada uno de ellos, con una pieza de
120mm. Vickers; 2 piezas de 101 mm. de igual marca; un Nordenfeldt de
57 mm.; dos Vickers de 47mm. a/a. y una ametralladora Breda de 13,3mm.
de procedencia italiana.
La posición geoestratégica de España hizo que la Guerra
Civil significase una amenaza para los intereses mediterráneos de Gran
Bretaña, Francia e Italia,entre otras potencias, lo que propició que el Mediterráneo
se convirtiera en uncampo de batalla más de esta guerra, desde los estrechos
turcos al de Gibraltar.
La debilidad de la flota rebelde y la política italiana de
intervención en apoyo de los nacionalistas llevaron a que la flota de guerra italiana
la Regia Marina, no sin resistencias de su almirantazgo, se viese profundamente
involucrada en la guerra española, reforzando y aumentando la efectividad de la
escuadra de Franco y atacando directamente el tráfico republicano. Estas páginas son una
primera aproximación a la intervención naval italiana en la guerra de 1936-1939
hecha a través
La guerra submarina en España durante la Guerra Civil fue casi
inexistente, debido a varios factores. Ningún buque de guerra ni
mercante nacionalista fueron hundidos, aunque si fueron atacados. Todos
los submarinos fueron republicanos, pues cuando estalla la sublevación
militar de Franco, la totalidad de la flota submarina activa está en
zona republicana, en su base en Cartagena. La amplia mayoría de la
Oficialidad estuvo desde un principio de parte de los sublevados, aún
cuando (o precisamente por eso) en los primeros días de guerra 150
jefes y oficiales fueron fusilados en el Vapor España nº3 en Cartagena
por su afinidad a Franco. Los oficiales que aceptaron servir a la
República sólo lo hicieron para salvar sus vidas y servir con su
pasividad a la causa nacionalista. Esta poca predisposición obligó a
incluir comités políticos que velaran por los intereses de la República
en los submarinos, decisión que a la larga se tornó problemática, dado
el desconocimiento de estos comités del funcionamiento de un barco
submarino.
Aunque era claro el celo de los comandantes en ordenar atacar
buques nacionalistas, no se podía prescindir de ellos, pues sino los
submarinos hubieran de haber permanecido amarrados.
Este breve pero interesante artículo ha sido escrito por Noviscum Deu, un valenciano aficionado a la historia y especialmente a la marina de guerra. Fue publicado originalmente en el foro El Gran Capitán. Desde www.guerracivil1936.com queremos agradecerle la publicación en estas páginas de tan interesante texto. Esperamos que os guste.
Con la inminente liquidación del frente norte en el verano del 37 el
almirante Moreno pudo concentrar todos los efectivos de la armada
nacional en el Mediterráneo. Su objetivo era claro: obstaculizar y, en
la medida de lo posible, impedir la arribada a puertos españoles de
material de guerra soviético. El alto mando nacional consideraba que
solo la masiva aportación soviética permitía a los republicanos
resistir: si se lograba cortar ese flujo, la guerra quedaría
sentenciada.
Pero los medios de que disponía el almirante Moreno
para lograrlo eran bastante limitados. Al alistar “como buenamente se
pudo” al Canarias y al Baleares y sumarlos al Cervera se había logrado la superioridad en cuanto a cruceros (los republicanos solo podían contar con el Libertad y el Méndez Núñez ya que el Cervantes continuaba en reparación en Cartagena tras haber sido torpedeado por el sumergible italiano Torricelli).
Los cruceros nacionales, aunque en ocasiones lo pareciera, no tenían el
don de la ubicuidad, pero no había mucho más: la pareja de submarinos
ex italianos (que habían cosechado en la primera mitad del año algunos
éxitos contra el tráfico mercante republicano), el viejo destructor Velasco,
los nuevos minadores que iban entrando en servicio, un puñado de
mercantes armados y un heterogéneo grupo de naves de la armada
(cañoneros, guardacostas y torpederos) que por sus características y su
edad resultaban poco adecuadas para una guerra de convoyes.